lunes, 3 de junio de 2013

Los reducidores de textos

Todos, chicos y grandes, y muy especialmente los que habitamos en las ciudades, estamos acostumbrados a vivir rodeados de objetos, objetos inventados por nosotros mismos, claro. Muchos de estos objetos nos son muy útiles, nos ayudan y facilitan nuestros trabajos. Pero otros, en cambio, no sólo no sirven para nada sino que, más bien, resultan un estorbo. ¡Y hasta hay algunos objetos que pueden llegar a convertirnos en sus esclavos! Como por ejemplo, la gente que se pasa todo el tiempo pendiente del auto o los que son esclavos de la moda, o del último refresco que nos muestra la tele.
Vivimos en una sociedad de consumo. Una sociedad de consumo es la que inventa necesidades a la gente. Porque nadie necesita de verdad una peladora de plátanos. Ni tampoco el último refresco que muestra la tele. Una sociedad de consumo le hace creer a la gente que sólo va a sentirse bien si compra, si gasta, si derrocha.
Por supuesto que en una sociedad de consumo, los que tienen dinero pueden comprar y consumir lo que les muestran en la tele, en las revistas, en los carteles de la calle. Pero hay personas que no están en condiciones de hacer esos gastos y, aunque parezca que todos podemos consumir lo que se ofrece, no es cierto.
Hay necesidades de las personas que son verdaderas y son las que tienen que ver con los derechos de todos. En cambio, otras necesidades son inventadas porque tienen que ver con la sociedad de consumo, es decir con las cosas inútiles.
Un problema es que, cuanto más se consume, más basura se hace. Antes se hacía menos basura porque todo servía, todo se arreglaba y se volvía a usar. Ahora, en cambio, la mayoría de los envases son desechables. Y no sólo los envases; muchos objetos como platos, vasos, pañales, manteles, servilletas, pañuelos, relojes...
La basura es un problema cuando no hay modo de deshacerse de ella. Sobre todo cuando es basura contaminante y peligrosa como la basura radioactiva. Y no siempre hay leyes que estén preparadas para defendernos de esas cosas o, muchas veces, no se cumplen. Habría que esperar que los hombres se den cuenta de que la Tierra es la casa de todos y que entre todos la tienen que defender porque, si seguimos así, ¡no hay Tierra que aguante!

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